PREMIADOS EN EL MUNDO, INVISIBLES EN CASA
- Temkin Ariadna

- hace 1 día
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El presupuesto en ciencia cayó un 50,8 % desde diciembre de 2023. Proyectos en riesgo y salarios promedio de apenas 600 mil pesos representan la realidad actual de muchos investigadores, que aún así siguen siendo reconocidos a nivel internacional.

Es la noche del 29 de julio de 1966. Profesores, investigadores y estudiantes intentan resistir la intervención de las universidades decretada por la dictadura de Juan Carlos Onganía, mientras la policía avanza por los edificios universitarios con bastones largos de madera. Los libros caen al suelo, los vidrios estallan y los investigadores son obligados a abandonar por la fuerza los laboratorios que ayudaron a construir. Entre los lugares destrozados y las detenciones, se desvanece también el sueño de una ciencia argentina que se venía construyendo desde hacía tiempo.
Apenas diecinueve años antes, Bernardo Houssay había colocado a la Argentina entre las grandes potencias científicas al convertirse en el primer latinoamericano en recibir un Premio Nobel en ciencias.
En 1966, ya como presidente del CONICET, presenció el golpe más duro contra ese desarrollo. Tras la Noche de los Bastones Largos, cerca de 700 docentes e investigadores universitarios fueron obligados a renunciar, de los cuales 301 emigraron al exterior.
Imágenes tomadas la noche del 29 de julio de 1966 “Noche de los bastones largos”
Casi sesenta años después, la ciencia argentina sigue atravesando un escenario de crisis, en el que preexisten los mismos problemas de recortes presupuestarios, la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, el desfinanciamiento para proyectos y la faltas de políticas que sostengan el apoyo a la ciencia, ponen en riesgo el desarrollo científico del país.
En contraposición a pesar de que la inversión en ciencia cayó a menos del 0,2 % del PBI y las dificultades que tienen, los investigadores argentinos continúan siendo reconocidos en el exterior con premios y distinciones internacionales, mientras que en el país deben trabajar con recursos cada vez más limitados.

“La situación es muy crítica en estos momentos, ya no tenemos más dinero. Estamos muy agotados mentalmente, emocionalmente y energéticamente porque es una constante falta de posibilidad de tener un mediano plazo organizado para poder trabajar”, reclama la investigadora del CONICET y lamenta que ya no exista la posibilidad de planificar, ni siquiera en el corto plazo. “Hemos recibido más del extranjero que de acá", sentencia.
Izquierdo es una prestigiosa científica galardonada con el premio Frontiers Planet Prize debido a su destacada investigación sobre los impactos ambientales de la extracción de litio. Hoy, le toca atravesar la difícil crisis científica del país.
“¡No pago ni la nafta para llegar!”, denuncia. Desde 2023 recibieron un único reembolso de $500.000 por parte del Estado Nacional.

Sus palabras reflejan una realidad compartida por muchos investigadores argentinos. Mientras son valorados y reciben oportunidades de colaboración en el ámbito internacional, continúan enfrentando limitaciones estructurales dentro del sistema científico nacional.
Entre los casos de científicos argentinos reconocidos internacionalmente, se encuentra Raquel Chan, mundialmente famosa por descubrir y patentar un gen que permite desarrollar cultivos toleran condiciones ambientales extremas, como la sequía y la salinidad.

“A las ciencias experimentales nos está matando”, asegura Chan respecto a la reducción de fondos que es generalizada por parte del gobierno. La reconocida investigadora lamenta afirmar que retrocedieron varios casilleros porque “para dejar de ser un país pobre hay que hacer ciencia”.
En esa misma línea, la bióloga Andrea Izquierdo hace hincapié en que resulta necesario que las investigaciones lleguen a la sociedad. “Lo que queremos es que el tema esté en agenda", expresa y advierte sobre la necesidad visibilizar para "poder tener injerencia en algunas tomas de decisiones”. En tiempos de crisis, la divulgación adquiere un papel central.
Cómo destruir el aparato científico
Se utiliza el neologismo “cientificidio” como metafora del asesinato de la ciencia. El concepto no implica únicamente recortes presupuestarios, sino un conjunto de políticas orientadas a debilitar las capacidades nacionales de producción de conocimiento científico y tecnológico en el país. “Si Argentina pierde su sistema científico va camino a la marginalidad”, afirma el docente e investigador Santiago Liaudat, quien estudia cómo desde los años 60 hasta la actualidad se fue deteriorando el desarrollo de la ciencia.

Para el especialista, "fue en Argentina donde el término ha tenido mayor desarrollo y propagación en vinculación con las políticas neoliberales del ex presidente Mauricio Macri (2016-2019) y del actual mandatario, Javier Milei".
Según Liaudat, el gobierno de Mauricio Macri representó un punto de inflexión para el sistema científico argentino. Durante esa gestión, se implementó una reducción presupuestaria con recortes que superaron el 35%. De este modo, se afectaron los cupos de ingreso a la Carrera del Investigador Científico (CIC) del CONICET, lo que dejó a miles de doctores y jóvenes investigadores rechazados del sistema. El gobierno de Javier Milei superó ese porcentaje con un recorte del 45,3%.

"Al gobierno actual y a los sectores que representa no les interesa la Ciencia Argentina porque al modelo de país que pretenden y que están implementando, no le hace falta una ciencia nacional", afirma el investigador y agrega que "en este modelo de sociedad el lugar de la ciencia está determinado por las necesidades y prioridades del capitalismo global y no por las necesidades y prioridades nacionales”.
La ciencia con Milei
El gobierno actual redujo el presupuesto de Ciencia y Tecnología a mínimos históricos para consolidar una caída real acumulada de más del 45% frente a 2023. Como consecuencia, se paralizaron proyectos por falta de insumos, se desfinanciaron institutos y se redujeron salarios que han perdido cerca del 40% de su poder adquisitivo. Además, el gobierno eliminó el financiamiento para ciertos proyectos de ciencia básica, con el objetivo de redireccionar los fondos hacia disciplinas estrictamente aplicadas.

En 2026, la inversión pública nacional en ciencia y tecnología en Argentina representa apenas un 0,140% del PBI, lo que equivale al mínimo histórico registrado en el sector. La partida presupuestaria actual para el área tocó el nivel más bajo desde que comenzaron los registros en 1972.
Ante la falta de fondos del gobierno nacional, el financiamiento para investigación en territorio se mantiene activo principalmente a través de iniciativas privadas como la Fundación Williams, programas provinciales específicos y otras organizaciones extranjeras.
Los investigadores afectados se manifestaron a través de comunicados y cartas abiertas para advertir que el desfinanciamiento y la anulación de proyectos en el CONICET podrían destruir décadas de desarrollo tecnológico y llevar al país a una paralización científica.
El reclamo continúa
Un claro ejemplo de que la problemática sigue en la actualidad es la última toma del CONICET, ocurrida el 17 de junio del 2026, en la que investigadores y becarios volvieron a alzar la voz frente a la crisis que atraviesa el sistema.
Reunidos en el Polo Científico de Palermo realizaron una toma pacífica del piso 11 de la sede central del organismo para reclamar soluciones a los problemas que están atravesando. Entre los problemas más graves, se encuentra la crisis en la obra social Unión Personal, que sufre recortes, suspensiones y bajas masivas. Ante los reclamos, el organismo ofreció un monto único de $90.000 para que cada uno gestione su propia prepaga, suma que fue calificada de insuficiente. Mientras tanto, alrededor de 380 becarios posdoctorales que ingresaron en 2023 corren peligro de quedarse sin trabajo, luego de denunciar la falta de certezas sobre la continuidad de las becas.
Los manifestantes cuestionaron la respuesta de las autoridades, que proponían soluciones individuales, al tiempo que exigieron medidas que aborden el problema de fondo. La protesta reflejó el malestar actual de una comunidad científica que, pese a producir conocimiento reconocido internacionalmente, enfrenta cada día crecientes dificultades para sostener el trabajo dentro del país.





































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