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PUENTES DE JUEGO Y COMPANÍA

  • Andrea Daniela Correa
  • 18 nov 2025
  • 5 Min. de lectura

Las investigadoras Micaela Sol Rodríguez y Abigail Quiroga exploran cómo el juego y la escucha colectiva pueden abrir caminos para cuidar la salud mental adolescente. Su investigación en los CeSACs porteños muestra que los grupos funcionan como refugios donde los pibes vuelven a sentirse parte.



“Hoy todo el mundo habla de salud mental, pero pocos escuchan a los pibes”, esa frase podría resumir el espíritu del trabajo de Micaela Sol Rodríguez y Abigail Quiroga, licenciadas en Trabajo Social, que vienen investigando y acompañando a adolescentes en los Centros de Salud y Acción Comunitaria (CeSAC) -de los cuales, actualmente, la ciudad de Buenos Aires cuenta con 50 centros distribuidos en todo el territorio porteño y están bajo la órbita del Ministerio de Salud de la Ciudad de Buenos Aires-. En su artículo “Acompañar y jugar: herramientas para la salud mental”, ambas investigadoras relatan cómo los espacios grupales pueden transformarse en refugios, laboratorios de confianza y, sobre todo, lugares donde volver a ser parte.


La adolescencia no es fácil para nadie, pero en contextos donde abunda la incertidumbre, la violencia, la falta de oportunidades y el aislamiento social, puede volverse un terreno delicado. Rodríguez y Quiroga lo explican así: “la exclusión social genera una acumulación de desventajas que afecta tanto la salud mental como los vínculos de los adolescentes.”

Vinculado a esto, un informe del Fundar (2025) indica que en Argentina en el año 2024 el 9% de los adolescentes de entre 13 y 17 años reportó sentirse deprimido, mientras que un 13% se sintió angustiado.



Frente a ese panorama, la propuesta de las trabajadoras sociales es simple pero poderosa: crear espacios de encuentro y juego donde los jóvenes puedan expresarse, compartir experiencias y sentirse escuchados.


En los CeSACs donde ellas trabajan funcionan dos dispositivos grupales: uno para jóvenes y otro de recreación. En ambos, el objetivo es el mismo: revalorizar el juego como herramienta de salud. Pero ojo… cuando hablan de juego no se refieren a llenar el tiempo libre sino a algo más profundo. Jugar es, en sus palabras, “una forma de transmitir emociones, de construir identidad y de rearmar vínculos con los otros”.

A veces lo único que los pibes necesitan es que los escuches sin juzgar, para entender cómo se traslada esto fuera del sistema de salud, en Elemental charlamos con Karina Valenzuela, mamá de dos adolescentes de 14 y 17 años, que entre risas, confiesa: “antes pensaba que jugar era cosa de chicos pero con la pandemia me di cuenta de que mis hijos necesitaban espacios para descargarse, aunque no siempre quieren hablar pero si jugamos a las cartas o cocinamos algo juntos, ahí se van abriendo de a poquito”.


Su testimonio pone en evidencia lo que las investigadoras sostienen: el acompañar no es controlar, es estar y que el acompañamiento implica dejar de ver al adolescente como un problema y empezar a verlo como sujeto activo, con voz y deseo propio.


Otra mirada clave cuando hablamos de adolescentes es la de los docentes. Valeria Vale es profesora de inglés en una escuela secundaria de González Catán, con más de diez años frente al aula reconoce que los pibes cambiaron: “antes te pedían permiso para ir al baño, ahora te piden permiso para existir porque llegan con el autoestima por el piso, saturados de redes, de exigencias, de todo, entonces trato de usar el humor y los memes porque si así les saco una sonrisa, ya ganamos.”


En cuanto a las presiones para el futuro, según datos que surgen del estudio “¿Qué piensan los estudiantes de 15 años sobre su futuro y la escuela?”, elaborado por Sandra Ziegler (FLACSO Argentina), María Sol Alzú y Víctor Volman (Argentinos por la Educación), publicado en agosto del 2025, el 63% de los adolescentes teme no contar con los recursos necesarios para cumplir sus aspiraciones tras la secundaria.


“Cuando los hacés trabajar en grupo, se sueltan, ahí ya no es solo aprender inglés, es aprender a escucharse, a respetarse y a apoyarse mutuamente”, asegura Valeria, quien aplica muchas estrategias similares a las que proponen Rodríguez y Quiroga, y suele organizar pequeños grupos para que trabajen en proyectos colaborativos.


El trabajo del equipo de Ziegler, al igual que el trabajo de las investigadoras en los CeSACs, demuestra que los dispositivos grupales no se limitan a la atención clínica, también se transforman en una forma de inclusión social donde los adolescentes encuentran pares, profesionales y referentes con quienes reconstruir la confianza en el otro y en sí mismos.

Rodríguez comenta que uno de los mayores desafíos es lograr que los espacios sean realmente inclusivos debido a que “muchos llegan con historias de rechazo o violencia, por eso lo primero es construir un ambiente de respeto porque si no se sienten seguros, no hay posibilidad de hablar de salud mental”.


Según Quiroga, los cambios se notan, ya que tras pasar por estas jornadas de trabajo “los adolescentes empiezan a vincularse distinto, algunos que antes no hablaban, ahora coordinan actividades o ayudan a otros, se apropian del espacio y eso es como verlos sanar".


Acompañar, no invadir


Tanto en casa como en la escuela, el desafío es similar: encontrar el equilibrio entre acompañar y dejar ser. Karina lo resume de manera simple cuando dice que como mamá “aprendió a no meterse en todo“. “A veces quiero resolverles la vida pero me freno, si me necesitan, saben que estoy y ese es mi rol”. Valeria, como docente, coincide: “los adolescentes necesitan sentir que confiás en ellos, si te ven genuina, te cuentan todo pero si te ponés en policía, se cierran.”


En este punto, también vale preguntarse qué lugar ocupa el Estado y la comunidad en esta tarea. Los CeSACs son un ejemplo de cómo lo público puede generar lazos donde antes había soledad.


No se trata solo de ofrecer atención psicológica, sino de construir redes humanas que sostengan a los pibes cuando el entorno familiar o escolar no alcanza. Cada espacio que se abre, cada grupo que se forma, es una pequeña victoria frente a la exclusión y esa presencia del Estado, cuando es cercana y empática, también enseña a cuidar, no solo a asistir.

Por otro lado, todavía existen muchos prejuicios sobre la salud mental adolescente, se la asocia con “dramas” o con rebeldía, cuando en realidad lo que hay son emociones desbordadas, miedos y necesidad de acompañamiento. Entender eso es fundamental para cambiar la mirada social. La salud mental no es solo cosa de consultorios, sino que se construye en la casa, en la escuela, en la plaza, en cada conversación donde un adulto decide escuchar sin minimizar lo que siente el otro.


El artículo de Rodríguez y Quiroga propone una mirada profundamente humana: los dispositivos grupales no son una técnica, sino una filosofía y nos recuerdan que la salud mental no se trata solo de tratamientos, sino de vínculos.


Tal vez el mensaje más potente es que acompañar también significa jugar, es habilitar el error, reírse juntos y construir algo colectivo. En un mundo donde los adolescentes están cada vez más exigidos y aislados, esos espacios, ya sea un grupo en el CeSAC, una clase distinta o una charla con mamá, pueden ser el primer paso para sentirse mejor.



Fuentes: Rodriguez, Micaela Sol (Licenciada en Trabajo Social, Universidad Nacional de La Matanza) y Quiroga, Abigail (Licenciada en Trabajo Social, Universidad Nacional de La Matanza).

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