LA CIENCIA DETRÁS DEL "PORTARSE BIEN"
- Francisco Pereira

- hace 6 horas
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El Análisis Aplicado de Conducta (ABA) es una disciplina estadounidense que busca favorecer la enseñanza de “nuevas habilidades” y prevenir las “conductas disruptivas” antes de que ocurran en el aula.
Son las 10 de la mañana en un aula de quinto grado. La maestra intenta explicar fracciones, pero el verdadero partido se juega abajo de los pupitres. En tiempo del Mundial de fútbol se despliega un mercado clandestino de figuritas. Hay una fiebre por conseguir a Messi, o Mbappe. La distracción resulta inevitable. El docente tiene dos opciones: decomisar los mazos y “cortarlo de raíz”; o subirse a la ola y usar esa motivación a su favor.
Mientras la primera opción representa la reacción tradicional para recuperar el control inmediato, la segunda encuentra su fundamento en una disciplina científica que avala el uso de la motivación natural y la prevención como herramientas clave para organizar una clase.
El Análisis Aplicado de la Conducta (ABA, por sus siglas en inglés) cuenta con décadas de respaldo empírico. Esta rama de la ciencia del análisis de conducta fue articulada formalmente en 1968 en Estados Unidos por los investigadores Donald Baer, Montrose Wolf y Todd Risley.
“ABA es una ciencia que busca comprender la conducta humana y por conducta hablamos de todo lo que nosotros podamos observar que una persona hace: comer, correr, saltar, jugar, hablar”, desarrolla el licenciado en psicopedagogía y analista de conducta internacional Exequiel Álvarez.
La ciencia en el aula
Dentro de ese enorme abanico, el salón de clases se convirtió en uno de sus terrenos más desafiantes. El psicopedagogo detalla que, en el ámbito educativo, "lo que se busca es preparar el ambiente de la escuela para que ciertas habilidades se vayan desarrollando y tengan éxito, o sea, sean reforzadas en ese contexto”.
Por ende, el ABA planifica el espacio académico para favorecer la enseñanza de nuevas habilidades y prevenir las “conductas disruptivas” antes de que ocurran. “Es como un caballito de Troya, porque entramos muchas veces cuando hay problemas de conducta, pero la realidad es que cuando entramos y vemos el problema, realmente se empieza a ver como toda la organización escolar se debe intervenir”, asegura Álvarez.

Un sistema preventivo para todos
Para no vivir apagando incendios, los analistas de conducta formaron un modelo llamado Intervenciones y Apoyos Conductuales Positivos a Nivel Escolar (PBIS, por sus siglas en inglés).

“Es un modelo multinivel, nivel 1, nivel 2, nivel 3, donde en cada nivel lo que se va haciendo es sumar una intervención un poco más intensiva y un poco más individualizada. Lo que busca es que toda la escuela enseñe 3 o 5 conductas todo el año, en todos los ambientes, en todos los niveles, con todos los alumnos, entre todas las personas”, describe el experto.
Para lograr que la intervención a nivel grupal sea efectiva y se mantenga en el tiempo, la clave no está en imponer cambios por la fuerza, sino en descubrir qué es lo que realmente moviliza a los alumnos. "Todo cambio de conducta empieza por identificar la motivación y usar esa motivación para promover el cambio”, apunta el analista de conducta internacional, y recomienda que, “el docente como parte de la gestión de grupo debería tener como ese tiempito de preguntarle bueno qué prefieren, qué privilegios, qué cosa de las que se hacen dentro de la escuela los motiva un poco más y utilizar eso como consecuencia de ciertas conductas”.
Para entender la eficiencia de este modelo, la Universidad Johns Hopkins realizó un estudio entre 2006 y 2011 en base a los datos obtenidos en 37 escuelas primarias en Estados Unidos. Los colegios fueron asignados al azar a dos grupos. Uno de 21 escuelas recibió capacitación formal y aplicó el modelo PBIS, mientras que otras 16 escuelas no recibieron la capacitación y continuaron con sus prácticas habituales.
Los resultados evidenciaron en las “Escuelas PBIS” un aumento considerable en el rendimiento académico, centrado en las áreas de matemáticas y literatura, con un descenso del 63% en la aparición de conductas disruptivas en el aula en comparación a las instituciones tradicionales.
"La capacitación en PBIS está asociada con cambios grandes y sostenibles en la cantidad y los tipos de apoyos de comportamiento positivo a nivel escolar que se brindan a los estudiantes", señalan los investigadores Catherine Bradshaw, Mary Mitchell y Philip Leaf de la Universidad Johns Hopkins. Además, confirman que el modelo es muy eficiente para "reducir las derivaciones a la dirección y las suspensiones entre los estudiantes".

El laberinto de la inclusión
Según los resultados históricos de las pruebas Aprender y los informes del Observatorio Argentinos por la Educación, más de la mitad de los estudiantes no logran alcanzar los niveles básicos de aprendizaje en materias clave como Matemática.
Esta crisis académica está ligada al clima escolar, donde los reportes sobre el entorno áulico indican que los docentes llegan a perder hasta un 25% del tiempo útil de clase intentando gestionar conductas disruptivas, pedir silencio y mantener el orden.

"En la mayoría de los casos, el enfoque se centra en los servicios individuales, en lugar de en prácticas y sistemas universales que podrían impactar a todos los estudiantes y mejorar la efectividad", resaltan los investigadores de la Asociación Internacional de Analistas de Conducta (ABAI) Robert Putnam y Donald Kincaid.
Sobre este mismo punto, Álvarez agrega que "la falla de la intervención educativa es que se trata de hacer clínica en una institución de 500 o 600 alumnos", al señalar que "se sigue intentando desarrollar un modelo clínico cuando en realidad tendríamos que estar en un modelo institucional de gestión de la organización".
Las barreras en el mundo real
Ahora bien, bajar este modelo a la realidad de las escuelas argentinas choca con barreras conceptuales y estructurales. “Los psicólogos y docentes que están trabajando en la escuela no tienen una formación conductual, porque es como nos enseñaron en la facultad, que eso está mal, que es limitante, que es reduccionista, que es robotista, entonces tenemos una barrera ahí conceptual”, destaca Exequiel Álvarez.
Asimismo, la estructura educativa no favorece a la implementación de un modelo que requiere una gran inversión y capacitación continua, lo que no se alinea con la realidad argentina. “Cuando hay poco recurso, como pasa en la escuela en nuestro país, es cuando más tenés que pensar en intervenciones de baja intensidad, es decir, con poco hagámoslo sistemático”, propone el científico conductista como solución a esta problemática.
La inclusión real sigue siendo un desafío para las escuelas. El enfoque del ABA y sistemas como el PBIS se presentan como una opción basada en la evidencia científica para armar aulas más organizadas. Pero, en un ecosistema escolar tan diverso como complejo, ¿hay espacio para integrar un sistema basado en la prevención conductual, o la salida para nuestras aulas se encuentra en otros paradigmas?




Excelente Pancho! Para los que hacemos ABA ver que se tome en cuenta está ciencia para ser difundida en un espacio como este, es muy importante!
Tu aporte en el ámbito del aula, abre puertas fundamentales, y pensar en Exequiel Álvarez como referente, muestra que en Argentina hacemos muy buen ABA.
Muy bueno Chopi, interesante idea traída de modelos que funcionan… Es complicado a la hora de volcarlos a las realidades de las Aulas Estatales (más de la zona del conurbano) porque no es un factor institucional sino que social, hay que seguir fomentando la buena conducta dentro y fuera de las Aulas… Eso traería incluso mayor disminución de actos delictivos en la sociedad 👏.